Nuestro interior es tan frágil que puede simplemente quebrarse con un roce. Y cuando ese contacto llega, nos cerramos para que el impacto duela menos. Pero no lo hace. Sólo creemos que sí. Una vez que nos sentimos fuera de peligro nos volvemos a abrir y el ciclo se vuelve a repetir. Una y otra vez, hasta que estamos tan rotos que ya no nos importa si duele o no, porque cargamos con tanto dolor en nuestro pequeño corazón que el impacto es una simple punzada. Pero esa punzadita, ese toque casi imperceptible, es el detonante de todo. Ahí llega la lluvia ocular. Es en ese momento justo, en ese punto en el tiempo de nuestras vidas que no podemos parar de llorar.
Junto con las gotas y el agua infinita llega la incertidumbre. El por qué nos sentimos así, el por qué las lágrimas caen sin motivo o tal vez por uno tan insignificante. Pero debemos aprender que la nube no llueve a la primera carga de agua, sino cuando ya está tan pesada que no puede soportarlo más. Nosotros somos iguales. La cristalización de nuestros ojos llega cuando se cansaron de ver tanta tristeza, y el corazón de sentir tanto dolor.
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